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Palos de ciego

Ruedas

Palos de Ciego Nº10 -Octubre/2026- Marta Gómez

Carro

“Desconfíe de aquel que no tenga
Ni la más mínima cicatriz
Averigüe su propio camino
Y descréase del porvenir”.

El Kanka. Para vivir (2022).

Era inevitable, cada vez que Benjamín empujaba la palanca de cambios en la recta de Camplongo[1], se acordaba del día en que su abuelo conoció el trigo, en su primer viaje a Campos[2], un san Miguel.

Disfrutaba mucho acelerando en ese tramo, después de empatar giros, meandros y tirones. Un bache más profundo de lo esperado desajustó el cardán, el automóvil comenzó a balancearse y, como un fuelle agotado, finalmente se paró.

Su abuelo contaba que los preparativos llevaban días. Revisaban los animales, los carros y las mercancías para el trueque: yugos, madera, laurel, nueces… y que hacía mucho frío, que preferían los tramos recortados entre las curvas, que los güés[3] iban más confiados y protegidos. Decía que, en el momento en que atisbaban esa recta que Benjamín recordaba, ya habían hecho el ritual —pagano y útil—: el cuello elevado bordeando la garganta, la camisa atacada[4], los calcetos sobre las perneras de pana.

Incrédulo ante el parón, Benjamín salió del coche y se puso el abrigo. El aire, moviéndose en láminas puntiagudas, le cortaba. Cogió el móvil y vio que no tenía cobertura. Con el brazo extendido, arrugando la nariz, giraba sobre sí mismo con la esperanza de encontrar señal. Saltó el pastor eléctrico y pasó a la campera lateral. Decidió remontar unos metros al pequeño cueto, a ver si desde la altura era posible contactar con la grúa del seguro.

Le contó también que a Sahagún iban expectantes y volvían con alegría. Hoy resulta raro que la harina sea un sinónimo de alegría. Y que no solo había ido varios años a Campos, sino que en dos momentos habían ido a Toro. ¿Habían visto la colegiata? Pues un día por fuera, pero ellos a lo que iban era a por vino. Y, cuento corto: volvían de Toro más alegres que de Sahagún.

Justo cuando estaba llegando a lo alto, buscando el 4G en su pantalla del teléfono, pero solo había una H intermitente, vio —a lo lejos y diminuto— un coche. Benjamín bajó corriendo y luego, tras el tropiezo, volando. Se quedó inconsciente, rodeado de vacas curiosas al principio y apáticas siempre.

Le había contado también que cada vez que salían temían algo y el pensamiento hacia lo desconocido paralizaba. Que la mayoría de las veces todo había salido bien. Que las disputas internas y diarias entre vecinos quedaban amortiguadas ante la potencial agresión común. Que se defendían y apoyaban entre ellos. Le había dicho, además, pellizcando el cigarro y tensando las mandíbulas, que en algunas ocasiones los viajes se interrumpieron, se frustraron, no salieron y entonces sentía mucha pena de saber tanto.

Desde el suelo y sintiendo que alguien movía su cabeza, Benjamín entreabrió los ojos en ese limbo sueño-realidad y vislumbró a un hombre enjuto, muy moreno y de piel cuarteada. Le hablaba desde una boca sin dientes, pero no le oía. Desencajó la mandíbula y sus oídos se activaron. Fijó más la vista y recordó. Apoyándose en el deambulante consiguió llegar a la carretera, donde bebió agua. Subió al coche del rescatador. Un invasor olor a ajos lo despertó aún más. El conductor, aquel vendedor ambulante sonriente, puso la calefacción y Benjamín fue templándose.

El coche arrancó.

La rueda sigue.


 

[1] Recta de la actual carretera N-625, entre el cruce de Retuerto y la desviación a Casasuertes y Cuénabres.

[2] Viajes en carro documentados desde el s. XVI para intercambio de mercancías en la montaña oriental leonesa.

[3] Bueyes.

[4] Atacar: ajustar al cuerpo o entre sí cualquier parte del vestido, y abrochar éste.

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