La paseanta de gatos
Palos de Ciego Nº4 -Abril/2026- Mirva Valdeburón

Uno de esos días grises donde la niebla emborrona los contornos y parece que nunca va a amanecer, una silueta envuelta en un manto azul celeste, provista de un sombrero oscuro y portando un bordón, recorre con parsimonia el camino hacia la Fuente del Oso, seguida de un grupo de gatos tan desconcertante como variopinto.
Cuando la princesa de niebla se detiene un instante para recoger una piña u observar un horizonte extrañamente invisible, los gatos giran a su alrededor formando un círculo protector y elevan sus colas al cielo, para seguidamente continuar el paseo a un sutil movimiento de la dama.
Permanecí quieta como en un estado de ensoñación mientras la niebla descendía lentamente y la figura se alejaba. La humedad que empezaba a calar la ropa me hizo reaccionar y continué mi camino un tanto confusa. Decidí no comentar con nadie la extraña visión, pero no conseguía quitarla de mi mente; la recreaba continuamente, pensaba que cuantas más veces la visualizaba, más la distorsionaba, creando en mi mente una suerte de heroína que habitaba en un mundo mágico.
El invierno avanzaba y yo aprovechaba los días claros para salir a pasear de mañana, bajo ese cielo azul hielo que nos regala la montaña de León, enrojeciéndonos el rostro al tiempo que nos templa el ánimo. Es un regalo caminar bajo la luz invernal en tiempos tan oscuros donde uno despierta sintiéndose un extraño en un mundo hostil, consciente de que parte del planeta sufre las consecuencias de la guerra, de un capitalismo feroz que deja fuera de la sociedad a los más vulnerables, del abuso de poder que corrompe las instituciones, de la prevalencia de los intereses puramente económicos en detrimento de la cohesión social y un número infinito de injusticias que no puedes ignorar.
Mientras andaba en estas y otras divagaciones, vi acercarse a una señora mayor. Bata de guata azul celeste, mantilla de lana por los hombros, sombrero de fieltro, un palo de avellano que le servía de apoyo y un montón de gatos alrededor caminando al ritmo de sus pasos. Sonreí consciente de que el misterio se había resuelto y la niebla se había disipado.
Lentamente, se fue acercando con la mirada fija en mí, mientras los gatos comenzaban a alborotarse a su alrededor, sabiendo que habían llegado a destino y posiblemente les esperaba una gratificación en forma de latita o golosina.
Ese día hablamos poco, ni siquiera me dijo su nombre; yo tampoco se lo pregunté ni le di el mío, lo que no impidió que me interrogase de una forma bastante directa sobre temas personales: «Tú eres la que vives en la casa del pinar, tienes hijos, trabajas, no tienes familia aquí, te he visto más veces por el monte, sales mucho». Curiosamente, tamaño tercer grado al que me sometió, no me molestó, pude sentir claramente que era una forma de demostrar educación, manifestando interés por mí, de una manera tan sencilla y bondadosa que lejos de hacerme sentir incómoda, me reconfortó.
De sí misma prácticamente no habló hasta nuestro tercer o cuarto encuentro, a veces simplemente nos sentábamos un rato y hablábamos de sus gatos. Yo seguía fascinada por el hecho de que pasearan junto a ella de manera tan natural y acatasen sus órdenes cuando les hablaba con la naturalidad de pertenecer a la familia. También trataba de aprender sus nombres, quería distinguirlos, saber si estaban todos o quién faltaba, porque podía sentir que para ella eran importantes.
En uno de aquellos encuentros, las palabras brotaron como agua de manantial, desbordadas, cubiertas de frío y oscuridad, salidas de una profundidad inalterada. Descubrí que se había pasado la vida cuidando de sus padres, para después cuidar de su hermano. Semejante dedicación a los demás no le había aportado ningún momento agradable en forma de amor o alguna manifestación de cariño; todo lo contrario, los continuos reproches y pequeñas humillaciones diarias fueron haciendo mella en su carácter bondadoso. El miedo fue calando en su interior como una lluvia fina que penetra lentamente sin que seas consciente, hasta que un día sintió como si sus pulmones fueran trozos de roca caliza que le impedían respirar, para más adelante ser incapaz de contener las lágrimas que se desbordaban, inundando su mirada.
La lista de medicamentos para soportar el dolor que formaba parte de su rutina servía para poder descansar unas horas, pero no conseguían que se sintiese mejor. A veces no pensaba con claridad, lo cual la inquietaba, pues no sabía qué hacer con todos esos pensamientos caóticos y desproporcionados que no la dejaban vivir y no era capaz de ordenar.
Finalmente, un día se quedó sola con sus gatos y sus recuerdos, ya no había a quién cuidar. No se sentía liberada, en realidad, no sabía cómo se sentía. La depresión se había cronificado, la medicación, era imposible dejarla después de tanto tiempo dependiendo únicamente de ella, y su exigua pensión solo le permitía sobrevivir a duras penas en la casa familiar. Afortunadamente, no había sobrinos ni familiares que la pudieran echar, me dijo muy seria, porque tú no sabes lo que hay por ahí.
Seguimos compartiendo momentos ocasionalmente; la observo y veo una pena antigua instalada en su mirada que me hace plantearme si no es un fiel reflejo de la tristeza que desprende nuestro pequeño mundo abandonado, sin que se le preste la atención que merece, con apenas unos servicios mínimos que no llegan a cubrir las necesidades de la escasa población que habita estas tierras.
La falta de recursos, tanto a nivel personal como social, condena a parte de la población a una vida precaria no solo en bienes materiales indispensables y condiciones de vida dignas, sino también a sufrir una falta de asistencia sanitaria, tanto física como mental, que deriva en la cronificación de enfermedades relacionadas directamente, en muchas ocasiones, con la precariedad ya mencionada, la soledad, el rechazo social y una larga lista de problemas que nadie parece querer afrontar. Debe resultar más cómodo ignorarlos; total, aquí viven cuatro gatos y una princesa de niebla a la que nadie ve.
Si, bajo el apelativo «La loca de los gatos» hay mucho desprecio, mucha soledad y algo de locura, o demasiada. Hay abandono, vejez, hay una persona que pide ayuda y, mira tú por donde, la encuentra en los animales que se la dan sin pedir nada a cambio. En una ciudad este abandono, esta dependencia, se oculta en casas llenas de pelo y suciedad, en los pueblos se pasea con magia y naturalidad como tu paseanta de gatos… pero la soledad y el abandono son los mismos, la diferencia que en los pueblos el vecino la ve y se preocupa, en la ciudad ya irán a recoger los restos cuando huela.