Editorial Palos de ciego Nº10
Palos de Ciego N10 -Octubre/2026- Editorial
Aquí vive gente
Nos llaman la España vaciada y me chirría mucho esa expresión; quizá porque cuando miro por la ventana veo casas, huertas, montes, caminos, ganado. Veo al vecino que sale temprano con el tractor, al que abre el bar, aunque esa mañana entren cuatro personas, al jubilado que limpia las hierbas de su lado de la calle, a una mujer esperando el bibliobús y a alguien que acaba de comprar una casa y lleva semanas sacando escombros.
Aquí vive gente.
Somos pocos, puede ser. Los pueblos han visto marcharse a los jóvenes porque aquí no encontraban trabajo, estudios o futuro. Se cerraron escuelas porque faltaban niños. Desaparecieron comercios porque no había suficientes clientes. Los médicos comenzaron a venir menos días o a centralizar las consultas. Los autobuses redujeron frecuencias y en algunos sitios dejaron de pasar. Se cerraron bancos, oficinas y servicios.
Y entonces surgió esa expresión para definir el resultado.
España vaciada.
Pero conviene preguntarse quién vació qué. Porque esta situación tiene trampa. Sí, somos pocos, y mantener un servicio deja de ser rentable, entonces se elimina. Entonces vivir aquí se hace un poco más difícil y alguien decide marcharse y somos todavía menos y resulta más sencillo justificar el siguiente recorte. Eso justifica una decisión tomada de antemano, con un propósito: que mantener servicios en los pueblos no merece la pena porque ya no queda nadie.
Y, sin embargo, quedamos. Y van llegando otros. Esto no es una impresión; los municipios españoles llevan varios años recuperando habitantes. Nada que nos permita anunciar el final de la despoblación, pero algo sí está cambiando. Mucha gente empieza a mirar hacia los pueblos, no como el lugar al que escapar, sino como el lugar al que llegar. Un proyecto de futuro
Quizá porque también las ciudades se están mostrando inhabitables. Alquileres desproporcionados, pisos minúsculos, desplazamientos interminables, ruido, tráfico, prisas. Y de pronto aquella casa del pueblo que durante años parecía no valer nada comienza a verse de otra manera; como una solución.
Hay un tejado que reparar, las paredes están torcidas, también una huerta comida por las zarzas y seguramente una gotera que te sorprenderá el próximo invierno. Pero tiene espacio, silencio y una puerta que da directamente a una calle tranquila. Tiene un monte detrás y quizá una habitación desde la que trabajar conectado al resto del mundo.
Algunos están volviendo. Otros llegamos nuevos, con los ojos encendidos de ilusión, a un lugar donde tenemos una oportunidad. Pero para aprovecharla tenemos que dejar de tratar el mundo rural como un territorio residual. No podemos pedir a una familia que se instale en un pueblo si el pediatra está a cincuenta kilómetros, necesita dos coches porque no existe transporte público, sus hijos deberán marcharse para estudiar, no hay vivienda disponible, aunque sobren casas cerradas, y una conexión a Internet decente depende de la suerte que tengas al elegir la calle.
Repoblar no consiste en hacer una campaña publicitaria con una fotografía bonita de una montaña; consiste en hacer posible vivir allí recuperando viviendas abandonadas y facilitando su alquiler antes de que se caigan. Crear ayudas para rehabilitarlas, respetando la arquitectura tradicional. Proveer transporte a demanda cuando un autobús medio vacío carece de sentido. Mantener consultorios y acercar servicios de forma itinerante. Garantizar buenas comunicaciones digitales. Facilitar espacios de trabajo compartidos. Apoyar al pequeño comercio y a quien decide abrir un taller, una explotación, una empresa o trabajar desde casa.
La actual estrategia estatal frente al reto demográfico habla ya de garantizar el acceso a los servicios cotidianos aproximadamente a media hora y de facilitar vivienda, conectividad y oportunidades para que vivir en un municipio rural sea una elección viable.
Todo esto está muy bien, pero hay otra cosa que no cuesta dinero. Usar las palabras adecuadas, porque llamar vacío a un territorio tiene consecuencias. Un espacio vacío parece disponible, convierte al territorio en un lugar donde es posible instalar, extraer, ocupar o transformar sin que nadie se queje. Y aquí sí deberíamos levantar la voz; y quejarnos. No se trata de estar a favor o en contra del progreso, sino de preguntarnos qué entendemos por progreso y quién decide cómo debe ser. Quizá el futuro de nuestros pueblos no consista en reproducir el modelo de las ciudades, basado en crecer, producir y consumir cada vez más. Tal vez aquí podamos buscar otros caminos: aprovechar lo cercano, consumir lo necesario, favorecer a los pequeños productores y generar oportunidades sin destruir aquello que precisamente hace diferente y habitable nuestro territorio. Lo que no queremos es convertirnos en la despensa, la batería o el vertedero de los demás; no queremos ser el producto con el que otros se enriquecen. Si nuestros montes producen energía, si nuestra tierra genera alimentos, si nuestros ríos proporcionan agua, si nuestro paisaje atrae visitantes y si nuestro territorio alberga los proyectos que necesita el conjunto de la sociedad, quienes vivimos aquí debemos participar en las decisiones, tener capacidad para protegerlo y también ser receptores de sus beneficios. No somos figurantes dentro de un paisaje bonito, somos sus habitantes.
Quizá estemos ante una oportunidad, porque muchas personas están ahora mirando su futuro fuera de la ciudad, hacia nosotros, y sí, estamos deseosos de recibirles, pero primero debemos cuidar a quienes no se fueron. Porque sería absurdo buscar nuevos pobladores mientras hacemos más difícil la vida de los que ya estamos aquí.
Tal vez haya llegado el momento de cambiar la expresión. No somos la España vaciada; somos pueblos pequeños en el territorio rural y necesitamos servicios y oportunidades como cualquier otro ciudadano, no caridad.
Si no sabes de lo que te hablo, acércate, abandona la autovía, toma una carretera comarcal y después esa otra mucho más estrecha; una que llegue hasta un pueblo. Aparca en la plaza, entra en el bar, tómate un vino, habla con la gente, y verás que no encuentras vacío, verás que aquí vive gente, aquí vivo yo.