Cuando la menta
Palos de Ciego Nº8 -Agosto/2026- Ignacio Chavarría

El sol asoma desperezándose por el horizonte. Camino con mi perra aprovechando la hora temprana, cuando la tierra mantiene el fresco de la noche y el aire no quema la piel. Mi perra es vieja y el caminar se hace lento y distraído; no me importa, no tengo prisa, nadie me aguarda en casa y lo que sea que tenga que hacer nunca tiene fecha de caducidad.
Al fondo del camino, a mi espalda, aparece una figura apresurada: trípode sofocado de nudoso bastón y piernas zambas. Me alcanza con la respiración entrecortada por el esfuerzo; le falta el resuello. Pensaba que no te alcanzaba, me dice, y acomoda el paso al mío. Charlamos de vuelta al pueblo. Han sido las fiestas y el hombre viene calentito. ¿Las fiestas del pueblo? —me dice—. Fiestas, las de antes, cuando el pueblo brillaba por la menta, ¿sabes? No, claro, tú no eres de aquí, pero ese pueblo tenía vida, cuando la menta.
Sí, qué voy a saber yo, el paleto de la gran ciudad que no distingue una alondra de una cogujada. Había negocio y corría el dinero; sí, aquí había de todo: herrero, zapatero, tienda… hasta dos bares había. Y niños, niños por las calles, y escuela había; daba gusto verlos salir a mediodía armando jaleo. ¿Y ahora? Mira las casas, se caen solas.
Sí, veo los adobes desgastados y cubiertos de telarañas, los portones desbastados por lluvias y nevadas, las vigas carcomidas, los paisanos envejecidos y derrotados. Veo el pueblo abandonado. Pero esto también va cambiando —le digo—, está llegando gente nueva; algunas casas se van arreglando para vivir o para el verano.
Me mira con sus tristes ojos. Sí, venís gente nueva, pero mira las fiestas: cada uno en su casa y Dios en la de todos; las calles vacías y, por la noche, botellón. Esas no son mis fiestas.
Sí, siempre lo de antes era mejor; los recuerdos tienen eso, que tamizan la realidad a nuestro gusto, que permiten, distorsionados por el tiempo, devolver la ilusión de la juventud. Tras los ojos del anciano creo ver sus recuerdos: ese primer beso robado en el baile a la hija del panadero, las escapadas con la cuadrilla a fumar cigarrillos de picadura y a pedreas con otros pueblos, las mañanas en la poza saltando al agua helada desde el árbol y dejándose secar desnudos al sol. El sopor del verano, la languidez de la juventud… Sí, tal vez tenga razón y antes las fiestas eran mejores, o quizás no, pero al menos eran sus fiestas.