Como agua de limón y menta
Palos de Ciego Nº7 -Julio/2026- Mirva Valdeburón

“Lo malo de llorar cuando uno pica cebolla, no es el simple hecho de llorar, sino que a veces uno empieza, como quien dice, se pica, y ya no puede parar.”
Laura Esquivel.
Una mañana cualquiera, tu madre y tú danzando por la cocina sin apenas hablar. Ella trajinando con la radio de fondo y tú mirando por la ventana hacia el patio, contemplando la hiedra, las peonías, los rosales y el hibisco morado que todavía no ha florecido e intentando aligerar el tiempo que comenzaba a resultar espeso.
La radio parloteaba de fondo cuando escuchaste decir a Juan Roig que las cocinas desaparecerían en 2050 debido a la creciente tendencia de comprar comida preparada. Tu madre se giró para mirarte y detectó en el iris de tus ojos ese micromovimiento que tan bien conocía y, mientras que movía su cabeza de un lado a otro, sentenció:
En las cocinas se cuece mucho más que pucheros.
Como si pudieses tirar de un hilo temporal intangible, te ves de pequeña corriendo para esconderte debajo de las faldas del escaño. Desde allí, entre olores inolvidables, escuchabas las conversaciones de los adultos. En tu casa la vida transcurría en la cocina, al menos los acontecimientos que para ti eran interesantes. Por allí pasaba Pilar, la de ca Rojo, que tenía un hijo que era un telarero y un gandul y aparecía por casa de vez en cuando para montar un escándalo. También Maruja, la del Candil, que llegaba con la labor para hacer compañía a tu madre, aunque tú sabías que padecía de tremenda soledad. Y Cándido, que hacía honor a su nombre y que iba a tomar un cafetín de puchero cuando bajaba de la majada y siempre traía algo: unas manzanas, unas frambuesas, unas castañas. Día tras día por aquella cocina de tu infancia iba desfilando todo el pueblo y tú, desde tu escondite, revolvías pacientemente chismes e historias para luego dejarlas reposar. Hasta que un día cualquiera, caminando hacia el desastre, tenías la necesidad de precisar algo y soltabas por esa boca todo lo que sabías, que evidentemente era mucho, provocando una conmoción general. En casa pensaban que tenías poderes adivinatorios además de un don especial para la inoportunidad. Eras como agua de limón y menta.
En las cocinas se cuece mucho más que pucheros.
El hilo temporal intangible te desplaza hasta la adolescencia. Vuelves corriendo del instituto para llegar pronto a esa cocina que sigue siendo el centro de tu mundo; arrastras toda la tristeza de los días lluviosos, aunque todavía eres capaz de sentir esa nube dulce y cálida que desprenden las mantecadas recién horneadas. Con las lágrimas contenidas a punto de cristalizar, le cuentas a tu madre que el chico que te gusta le ha pedido salir a tu mejor amiga. A ti te parece que tu corazón se va a abrir como un higo maduro y va a esparcir por el pecho sus semillas como flores en un espinal. No conocías ese dolor intenso, lacerante y punzante que no sabes interpretar. En ese momento, lo único amable y certero es tu madre, la cocina y ese caldito rico y caliente que te ofrece.
Al fin, puedes llorar entre traguitos de caldo y atragantarte a gusto mientras sigues alimentando tu tristeza hasta que el lenguaje de las manos de tu madre escriba la palabra calma sobre tu pelo. La atmósfera en la cocina sabe a cebolla y pimentón.
En las cocinas se cuece mucho más que pucheros.
El hilo temporal intangible camina hacia tu cocina de mujer adulta. Sientes el olor a café de la mañana. Todavía paralizada, confirmas que te encanta ese momento que discurre entre los sueños y el movimiento arrítmico del día, donde los pensamientos hacen de las suyas y se burlan de ti. Caminas de puntillas entre el trabajo y la vida real. Al atardecer te desprendes de la velocidad que anda constantemente al acecho y te sirves una copa de vino mientras haces la cena. Puede que cada sorbo te acerque a esa persona especial que hay en tu vida o puede que te hunda en la amargura del desengaño. Es posible que hayas decidido brindar contigo misma o que estés guisando para tus amigas. Puede que hagas las croquetas de tu madre, que a ti nunca te quedan tan ricas, pero cuya receta repites como si de un mantra se tratara, entre mantequilla y nuez moscada.
En las cocinas se cuece mucho más que pucheros.
El hilo temporal intangible viaja a ese día festivo en que os reunís las amigas para compartir confidencias, vino, especias y risas. Estáis en ese momento mágico que se crea al contar y escuchar historias, cuando una de ellas dice que no hay nada más sexi que ver a un hombre en la cocina cocinando para ti.
Todas os reís, pero a ti se te ocurre que en realidad esa situación se produce porque ver cocinar a un hombre para una mujer, nos resulta extraordinario y, sin embargo, lo mismo en una mujer lo consideramos algo cotidiano, anodino y gris. Le das otra vuelta y descubres que al borrar los grises de la escena y darle color, puede que lo cotidiano se transforme en otra cosa y comencemos a admirar esas manos bajo el agua, tersas y brillantes, un dedo en la boca después de deslizarlo por el borde del tarro de miel, un mechón de pelo indómito que se desprende de la pinza y se despeña sobre su rostro y la risa que estalla con el calor de la guindilla y el sabor de la cayena.
En las cocinas se cuece mucho más que pucheros.
El hilo temporal intangible teje encaje de bolillos de cocina en cocina y observas, igual que la niña que se escondía debajo del escaño, cómo los pequeños dramas diarios se muestran y se diluyen entre vapores. Los secretos se esconden en los pucheros entre clavo y laurel. El desamor se mezcla entre canela y cardamomo, intentando sobrevivir a la decepción. Las confidencias se confitan en aceite de oliva virgen, fortaleciendo amistades, amores, complicidades y pasiones.
Y tienes la certeza de que en algunas cocinas puede que el cartero siempre llame dos veces.