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Palos de ciego

Del agua que quiero beber

Palos de Ciego Nº9 – Septiembre/2026 – C.Flantains

BosqueHace tiempo que La Fuente del Segundo Valle dejó de ser una oquedad en el suelo llena de agua fresca en cuyo fondo se podía ver cómo manaba. Cuando me agachaba a beber, antes de posar los labios en el agua, observaba de cerca aquel brotar con tanta atención… Y sin atreverme a tocar por si acaso interrumpía algún encanto extraordinario.

A continuación, tras un breve fluir, se embalsaba en un charco algo más grande, poco profundo, lleno de plántago, ranúnculos, espadañas y, más abajo, mientras corría y se desparramaba por la pradera, algún berro. Había ranas y renacuajos, libélulas, mosquitos. En el barro, impresas huellas de algunos animales más pesados que bajaban a beber: corzos, zorrillos, alguna liebre, quién sabe qué más.

Tiempo después, La Fuente del Segundo Valle fue intervenida. Aquel manar se ocultó y se canalizó el agua por un tubo subterráneo hacia un pequeño abrevadero de hormigón, incrustado en el suelo, unos metros más abajo. De momento me pareció que habían terminado con su encanto, pero el paisaje no tardó en recuperar aquel espacio y el hormigón verdeó entre líquenes y musgos; el barro fue cubriendo sus bordes y volvieron las ranas y los renacuajos.

Y aunque ya no bebí más de aquella agua, porque más que quitarme la sed su frescura, lo que la aliviaba era ver cómo manaba, pronto volvió a ser el destino más codiciado de mis paseos. Bajar hasta la fuente y sentarme durante un buen rato cerca de ella.

A veces, allí sentada, soñaba con la circunstancia de que, si verdaderamente en algún momento de la vida hubiese podido elegir dónde vivir, cosa del todo inverosímil, posiblemente hubiera elegido aquel lugar. Y sola. Planeaba mi casa, inmersa en el paisaje, un bosque de robles, encinas y espinos albares. Valle abajo los enebros. Hasta que el paisaje se abría a lugares más inhóspitos y el bosque desaparecía.

Después de que todo ardiera, he vuelto a bajar a La Fuerte.

Un penetrante olor a tierra quemada me acompaña desde que salí del pueblo.

Avanzo agarrada a la rutina que me ha llevado hasta allí durante tantos años.

Pero el camino ya no es el mismo. Y sin paisaje, todo es extraño. Aun así, llego porque dentro de cada ser, en cualquier circunstancia, la senda de regreso a casa está impresa.

El humedal, algo más de 60 m², ha aguantado la furia del fuego. Los robles más expuestos, en alguna zona, están deshidratados, pero no quemados. El agua cascabelea al caer desde el tubo por el que discurre. Y en el charco hay renacuajos.

La fuente ha aguantado contra todo pronóstico. Casi no lo puedo creer.

En este sitio, con el fuego en su pleno apogeo por los cuatro puntos cardinales, ha tenido que hacer un calor insoportable. No me explico cómo han podido conseguir sobrevivir estos renacuajos.

Allí de pie, hoy no he pensado en mi casa entre los árboles. Ni en la mujer que sentada a la puerta leería los versos de Hipatia que no consiguieron trascender, en una tarde nueva de finales de agosto como la de hoy. Envueltas sus piernas en ropajes de fresco lino y sus pies descalzos sobre esta tierra que también piso yo, pues soy ella. No pienso en nada. Ni siquiera me pregunto dónde se han ido los habitantes de este bosque. En algún sitio estarán esperando para volver, ¿verdad que sí?

Solo un dolor punzante me atraviesa la cabeza de sien a sien. Solo eso, remansándose dentro del cráneo. Y en el corazón la ira, toda la ira del mundo.

 A nuestros gobernantes no les importan ni sus pueblos ni sus gentes. Utilizan las instituciones para promocionarse y hacer negocios. Nos dejan arder para sacarnos de los pueblos y disponer del territorio. Malditos seáis cada uno de vosotros. Castro del Condado ardió el 29 de julio de 2026. No lo olvidaremos.

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