Cada ascua moribunda por separado forjó su fantasma en el suelo
Palos de Ciego Nº 9 -Septiembre/2026- Concha Lucas
Me vine al monte para habitar, por fin, esa choza de bruja que difusamente añoraba desde siempre. Para ser de las brujas que guardan el territorio, que lo protegen, como los Benandantti, esos que nacían vestidos con el saco amniótico sin romper, esos que celebraban aquelarres dormidos cada uno en su cama, esos que protegían las cosechas. Cristianos de bien hasta que su poder fue tal que fueron a la hoguera con el resto de amotinados del sistema.
En mis paseos por el bosque hago inventario de cada árbol, de cada zorro que cruza fantasmagóricamente el camino, de cada corzo que me observa discreto, desde la lejanía. Inventariando olores, luces, sonidos de pasos, caer de hojas, hongos nuevos, bolas de muérdago, rastros y egagrópilas.
Antes éramos muchas, y el monte era un lugar debidamente guardado.
Pero occidente se ha extendido. Por el mundo, por el monte, por los corazones, y el bosque siempre ha sido un objetivo a eliminar, para convertirlo en pastos, para cultivar, para plantar parques eólicos, o urbanizaciones. El monte era la madriguera donde podía guarecerse todo aquel enemigo del sistema, el lugar de los escondites, de los maleficios, de los marcos teóricos peligrosos para la estructura. Ha sido siempre ese lugar que da amparo a los que no se resignan a vivir en lo urbano. Y como tal, hay que eliminarlo, o, al menos, convertirlo en algo peligroso, de lo que hay que alejarse.
Nada más seguro que esa ciudad alicatada hasta el techo donde no hay peligro de nada, donde nada arde, porque su propia definición permanece en lo apagado, en lo muerto.
Y nosotros, dale que dale, que no, que nos quedamos en el monte, junto al bosque, sin que nadie lo entienda, solo nosotres, que sabemos el idioma de los pájaros, del escándalo de la berrea, del sonido del viento en los árboles cuando viene tormenta.
Qué mejor disuasorio que intentar acojonarnos con el fuego, cada año un poco más, cada año mirando al cielo y juntando las manos en un “que no nos toque, diosito, por favor”.
Gente del pueblo planteándose cortar los arboles cercanos al pueblo después del último incendio, certeramente inoculada con el miedo, tan útil, ese miedo corre como un desmán con la cola prendida, incendiándolo todo, de nuevo, corriendo sobre lo negro, sobre el olor a ceniza, por ese paisaje que se nos ha quemado y que no queremos mirar, ese paisaje frondoso, verde, vivo que nos acariciaba el alma a diario y que ahora nos contempla anoréxico, apabullado, sin cejas, con los brazos caídos, en shock, sin entender qué ha pasado, sin palabras ante el monstruo que acaba de pasarnos por encima, desintegrándonos.
¿Queréis buscar culpables? No seré yo quien los señale, solo os diré donde buscarlos. Buscadlos en lo bajo, entre los que prenden cartones y los deja allí, entre los amigos de “el perejil”, buscadlos también en el medio, entre aquellos que se rascan el cogote desde sus realidades urbanas pareciéndoles todo esto algo muy lejano, esos a los que el machismo, el racismo, la pobreza, les parece también algo muy lejano, aunque se lo crucen a diario en el portal, y buscadlos también en lo más alto, entre los que salen de caza mayor de cuando en cuando, en los que firman normativas y decretos, porque, como se puede ver, tenemos psicópatas de todos los pelajes, en todos los estratos, en cada poro del mundo tanto por acción como por omisión.
Recordad las revueltas de leprosos, brujas y campesinos.