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Palos de ciego

Las primeras bibliotecas circulantes (de préstamo): Una realidad con sabor leonés y rural.

Palos de Ciego Nº7 -Julio/2026- Mercedes González Rojo

Ilustración de Marga Román Modino, inspirado en Faustina Álvarez y su vida para el libro homenaje que se le dedicó en marzo de 2025

Faustina Álvarez García, en tierras asturianas, y la Fundación Sierra Pambley fueron responsables de una experiencia totalmente pionera en el panorama español.

Hace unas semanas me hacía eco, en un artículo anterior, de la cantidad de clubs de lectura que existen en nuestra provincia leonesa, la mayor parte de ellos vinculados a los pueblos de nuestra geografía y para los que en, en muchas ocasiones, se cuenta con los libros prestados de bibliotecas y bibliobuses. ¿Y de dónde vienen tales “lodos”? Tal vez el germen de estos particulares espacios de lectura podríamos reconocerlo en aquellas primeras “bibliotecas circulantes” que llegaron a España a principios del siglo XX.

Una biblioteca circulante no viene a ser otra cosa que una biblioteca de préstamo, es decir,  “un sistema, espacio o servicio que permite a los usuarios llevarse libros a casa”. Su característica fundamental, y la que las diferencia de las bibliotecas tradicionales de consulta, es que se basan en la movilidad y el intercambio continuo de materiales, facilitando el acceso a la lectura libre y voluntaria. Se trata de un concepto que nace en los siglos XVIII y XIX, sobre todo en Gran Bretaña, y que parece ser que, en su origen, comenzaron siendo “negocios comerciales privados donde los lectores pagaban una suscripción anual o una pequeña tarifa por el alquiler temporal de novelas y obras literarias”. Este modelo llegó a España algo más tardíamente y sería especialmente a principios del siglo XX cuando comienza a asentarse, por un lado de la mano de las ideas educativamente innovadoras de la Institución Libre de Enseñanza (en adelante, ILE), que surgían en un momento en el que los libros no eran objetos fácilmente alcanzables para una inmensa mayoría de la población que, además y en una gran proporción (más aún en el medio rural), era mayoritariamente analfabeta. La otra vía de implantación tuvo lugar a través de un modelo adoptado por movimientos obreros, ateneos y sociedades populares que tenían entre sus objetivos democratizar la cultura y garantizar que los trabajadores y sus familias tuvieran acceso a los libros.

Si nos remitimos al origen oficial del modelo en España, está bastante extendida la idea de que el más pionero y significativo de estos proyectos fue la Biblioteca Popular Circulante de Castropol, en Asturias, que en 2021 cumplió cien años. Sin embargo, el acercamiento a una figura pionera de la educación como fue Faustina Álvarez García, ha puesto en nuestro conocimiento dos experiencias ligadas a la realidad leonesa, de las que -al menos la protagonizada por ella- se anticipó en el tiempo a la de Castropol. Y es que, en 1916, esta maestra rural –que con el tiempo llegaría a convertirse en la primera inspectora de 1ª enseñanza por oposición-, es decir, cinco años antes que la mencionada, pondría en funcionamiento una Biblioteca circulante en tierras de Miranda de Avilés, donde por aquel entonces ejercía de maestra. La biblioteca se ponía en marcha también en tierras asturianas, pero lo hacía de la mano de una leonesa de pro. La experiencia surgió de su mano y de la de su compañero José Artime, el maestro de los niños, convirtiéndose –seguramente- en una experiencia pionera en Asturias y una de las primeras creadas en todo el territorio español; un servicio más de los que ofrecían sus respectivas Mutualidades Escolares, creadas poco antes por ellos mismos. Sin embargo, la biblioteca circulante no era solo un servicio para los propios estudiantes, alumnos y alumnas de uno y otra; va mucho más allá del propio espacio de la escuela, tratando de promocionarla en el conjunto del pueblo en sí mismo, tal y como nos lo cuenta la propia Faustina en un artículo que publica en el periódico La Voz de Avilés, donde habitualmente colaboraba bajo el nombre de “La maestra de Miranda”. El artículo se tituló “La Biblioteca circulante de la Mutualidad. Acción mutualista” y era una invitación expresa para que los lectores del periódico conocieran y participaran de la biblioteca creada. La experiencia comienza en torno a 150 títulos, fundamentalmente conseguidos por los propios maestros y que, aunque tal cantidad pueda arrancarnos hoy una sonrisa, en aquel momento suponían una cantidad nada desdeñable.Retrato de Faustina Álvarez García en su etapa como maestra en Miranda de Avilés. Entre los mismos, muy diversas disciplinas representadas y títulos y firmas muy importantes de entre la literatura de todos los tiempos; títulos que eran puestos a disposición de los niños y las niñas mutualistas, que podían llevárselos a casa durante una temporada, pero no solo, porque aquellos dos maestros visionarios tenían la esperanza de que – durante ese tiempo de préstamo-  también los adultos de la casa cayeran bajo su “atractivo irresistible” y que ello les animara a solicitar su inclusión como socios de la misma. La finalidad del artículo era también, directamente, animar a quienes tenían medios y capacidad para ello a convertirse en beneficiarios de la misma (“poned a contribución vuestro dinero, vuestros libros…”, escribió Faustina), para poder incrementar poco a poco el número de títulos disponibles para sus posibles usuarios.

La segunda experiencia, también ligada a la realidad leonesa, esta vez sí en suelo patrio, llegaría en 1921 de la mano de la Fundación Sierra Pambley, coincidiendo con la ya nombrada en Castropol y que hasta ahora mismo se ha llevado el mérito. En esta ocasión llega impulsada por las ideas de la  ILE, de las que es deudora la Fundación que comienza su camino en tierras de Villablino y que luego llegará a otros puntos como Hospital de Órbigo, Villameca (en La Cepeda), Moreruela de Tábara (Zamora) y la propia ciudad de León, donde crearía la Escuela Industrial de Obreros. Recibirá el nombre de “Biblioteca Azcárate”, siendo la primera biblioteca circulante de León  y representando, durante mucho tiempo, una de las actividades más importantes de extensión educativa y cultural de la institución. Se creó a partir de los fondos bibliográficos que llegaron con las donaciones efectuadas, en 1917, por los herederos de Gumersindo Azcárate, con obras sobre ciencias sociales, filosofía, derecho, pedagogía y literatura y que, poco a poco, fueron ampliándose hasta convertirla en una de las más señeras de nuestra provincia. Con parte fija y parte de préstamo, el seguimiento de los movimientos anuales de los libros, solía ser incluso más elevado en su segunda modalidad.

Tras este tipo de experiencias bibliotecarias, en España, vendrían más adelante, por ejemplo, las bibliotecas móviles de las Misiones Pedagógicas, coordinadas por Luis Cernuda y María Moliner, y otras experiencias más, hasta llegar a los servicios de préstamo actuales, incluido el servicio del bibliobús, que llega a aquellos lugares donde no hay una biblioteca estable a disposición de la población. Pero está claro que la semilla ya estaba sembrada, y los primeros responsables de ello fueron una maestra leonesa (aunque fuera en tierras asturianas), cuyo nombre hemos de reivindicar ahora que estamos a punto de llegar al centenario de su muerte, y una Fundación que puso su foco de atención prioritariamente en la educación en las zonas rurales. León y sus gentes, siempre abriendo caminos.

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