Palos de ciego

La corneja está perpleja

Palos de Ciego Nº 6 -Junio/2026- Concha Lucas

Árboles en un bosque

Hace rato que, en una rama alta del chopo, hay una corneja perpleja.

Hace rato que observa cómo una comitiva de humanos viene por el camino del encinar.

Calcula a bulto: “¿treinta? ¿cuarenta?; entierro a la vista”, piensa, pero el grupo ha rebasado el cementerio siguiendo su camino. “¿Una procesión?” Pero no alcanza a ver el santo o cruz alguna, ni cura ni guardia civil ni peinetas.

Vienen andando por el camino del encinar y acaban de pasar bajo su rama cuando suena un cencerro agitado por la humana que encabeza el grupo. Clin clan, y a esta señal otros humanos comienzan a hacer sonar los suyos, balanceándolos ante ellos, desde diferentes puntos del grupo.

La cigüeña ha llegado planeando elegantemente y se ha dejado caer en su nido con cara de: “¿Qué pasa aquí?”.

Algunos humanos filman la escena, otros graban los sonidos; bastantes de ellos portan indumentarias acertadas para la transpirenaica o para una escapada a Merzouga.

Abundan también gafas de pasta gorda, zapatos ergonómicos y melenorras canas desacomplejadas, coleta ellos, pendiente de diseño ellas y tatuaje, mucho tatuaje.

Parecen remedar el paso del rebaño, consiguiendo igualar el ambiente que provoca Pascual, el pastor, con sus ovejas de verdad, las bambas con agujero, la camiseta de la Caja Rural y el sombrero de paja de las fiestas.

De hecho, si la corneja cierra los ojos, le costaría distinguirlos.

Los humanos deambulan por un círculo segado en el prado, como el que dejan los marcianos cuando aterrizan, y van tocando los cencerros por turnos: a ratos todos, a ratos de uno en uno. A ratos los rascan con una piedra que saca un sonido sordo y rasposo que recuerda al de las cigarras a mediodía.

Algunos siguen filmando la escena, la mayoría distribuidos en el perímetro, y han abierto sus sillas de explorador y contemplan el ir y venir de sonidos abstractos, embadurnados en repelente de mosquitos, tal como recomendaba la convocatoria del evento.

Los tocadores de cencerros van y vienen serios, concentrados. Dos bebés lloriquean mientras sus madres, apuradas, intentan hacerlos callar.

No se puede hacer nada con el ruido del tráfico de la nacional.

Finalmente, los intérpretes se han reunido a la sombra de una encina, sentados, y han ido haciendo callar los cencerros, recibiendo aplausos tras la ejecución.

La corneja sigue perpleja, mucho, quizá más perpleja de lo que ha estado nunca.

Cómo están los humanos, piensa atribulada. Denostan a Pascual por pastor, por su camiseta de la Caja Rural, por sonarse los mocos al aire, pero bien que les gustan las chuletas de cordero, los jerséis de lana, incluso la concertina de esquilas que enlatan para poder oírla cuando ellos quieran, y no cuando venga Pascual con sus ovejas. Cómo están estos humanos de fragmentados con su realidad parcheada, universo patchwork, en el que pueden convivir los mayores destellos junto a las peores inmundicias. Donde ensalzan a los Bertolucci, Depardieu o Neruda porque sus obras los redimen, pero no se acercarían a Pascual, que no hace películas, ni poemas y además se suena los mocos al aire.

Cómo están los humanos que les sobra Pascual y lo recortan de la vida para mandarlo al cubo de trocitos desechables.

Mueve su pico de un lado a otro, abatida; encapsulan ese mordisco de vida sonoro que aún queda, convirtiéndolo en un producto abstracto y cool porque también será necesario, medita cuando todos los Pascuales del mundo manden a los humanos al carajo.

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