Palos de ciego

El ojo que todo lo ve

Palos de Ciego Nº6 – Junio/2026 – C.Flantains

paisaje con arco iris

Cuando salgo a pasear, a menudo voy al valle; es mi sitio preferido. Para mí, ir allí es como sentarme a una buena mesa (no me refiero solo a las viandas), meterme en la cama con las sábanas recién lavadas o nadar en un cauce a favor de la corriente el día de más calor del verano. Cosas que intento hacer con tiempo, para poder disfrutar de ellas sin luego tener que pasarle la cuenta a nada ni a nadie.

Siempre me he preguntado qué tiene el valle que no tengan otros parajes de mi pueblo. La misma hierba, el mismo sol, los mismos robles ordenados según la geometría divina… pero esa pradera que corre hacia el Este, flanqueada del bosque a ambos lados, guarda un silencio que no es silencio, y mucha luz, tanta que es prácticamente imposible ver todo lo que encierra.

Hace poco que volví allí. Durante un buen rato marché por un trozo de camino polvoriento antes de encontrar el hueco por el que debo girar para meterme en la espesura. En este punto me suelo parar un rato para buscar el senderuelo hecho, seguramente, por un zorrillo que pasa por allí todos los días, no como yo, que vengo de tanto en cuando, y que desemboca exactamente en el inicio del valle. A veces, movida por la curiosidad, me detengo indagando alguna pista de ese otro ser con el que comparto este camino: un mechón de pelo, una huella a la entrada del sendero… algo que nunca encuentro. Supongo que a estas alturas ya me he olvidado de todo lo que traía de mi vida en esas alforjas de las que no soy capaz de librarme y estoy embebida en ramas, en señales, en indicios. Un trecho más allá llego por fin y, más que comenzar a caminar, me zambullo en el paisaje. Los sentidos se vuelcan. La sensación de humedad del bosque, los olores, los susurros y los ojos que tan pronto lo quieren ver todo a la vez como pararse en los detalles. De este último sentido, a tramos, disfruto a lo grande; la clave es la visión periférica, poder verlo todo sin tener que detenerse en ningún punto.

 Y de pronto la veo, una cámara de fototrampeo atada a un tronco. Me parece como que alguien ha dado un martillazo al espejo y se ha roto en mil pedazos. Está como a unos diez metros de mí. No he entrado en su campo de visión. Yo la veo, pero ella a mí no. Decido que no quiero que me vea. De hecho, acabo de descubrir que vengo aquí para que nadie me vea, para que nadie me mire, para perder mi identidad social y formar parte de la naturalidad de este paisaje. Formar parte de algo real desde el más rotundo anonimato. Despojarme de mi yo social y ser no más que esa hoja que cubre el suelo, inmersa en un propósito genuino. Por eso me gusta este valle, porque me consiente ser yo sin tener nombre, ni cara. Porque me despoja de los grilletes de la identidad que me ha sido adjudicada.

No sé quién ha contaminado este paisaje tan repugnantemente, pero me lo puedo imaginar.

Doy un rodeo y me sitúo por detrás de la cámara. Valoro alguna posibilidad, pero la verdad es que no me apetece ni un poco intervenir en esta realidad tan cutre, tan invasiva, tan irrespetuosa. Un mirón, un mero y vulgar mirón.  Así que meto la mano en el bolsillo de atrás y saco una bolsa de plástico que siempre llevo por si me encuentro con basura para poder recogerla. La pongo por encima de la cámara y la ato con fuerza.

Y sigo mi camino.

El resto del paseo no puedo dejar de pensar en Thomas Young y su experimento de la doble ranura. Ni en cuándo descubrirán un aparato como el de los rayos X que ponga en evidencia las cicatrices que dejan en las cosas, según qué miradas.

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