Copiar cian veces
Palos de Ciego Nº6 -Junio/2026- Ignacio Chavarría

Cuando era niño, en el colegio, más de una vez —dada mi pertinaz rebeldía, diría más de cien— me mandaron copiar repetidas veces una frase como castigo. No hablaré en clase. No tiraré papeles a los compañeros. No… Educación por repetición, por cansancio, por abrasión. Inútil, ineficaz y aburrido método que entonces estaba de moda, que se extendió como virus de laboratorio y que, por supuesto, no caló en mi persona. Repetir, cansar, aburrir hasta derrotar. Prepararte para lo que será tu vida; recorrer cada día el mismo camino, ver a la misma gente, repetir los mismos mantras, escuchar los mismos himnos, ver los mismos programas que repiten los mismos esquemas que funcionan mientras ingerimos —no comemos— los mismos productos ultraprocesados en plásticos mil veces reciclados. Lo llaman rutina, pero es castigo.
Nuestra vida está escrita y reescrita cien veces, mil veces, millones de veces; y es idéntica: es ese cromo que entraba en un sobre de cada diez y era imposible de cambiar porque todos los niños lo tenían, pero tú seguías comprando sobres para ver si, en algún momento, aparecía ese otro que nunca entraba, ese que nadie tenía.
Así era mi vida: vida de ciudad repetida cien veces cada día. Y yo, obediente, la copiaba y la olvidaba, la copiaba y la olvidaba, la copiaba… rutina, castigo.
No se puede vivir siempre castigado, porque un castigo continuo se convierte en rutina. Te acostumbras, lo asumes y deja de ser castigo para convertirse en hábito. Por eso, a veces, la vida nos regala otra repetición que llamamos vacaciones. Pero también es castigo; doble castigo, porque te dan una falsa idea de libertad y luego hay que volver al castigo-rutina. Entonces te deprimes y te consumes y lloras por dentro durante un tiempo, emborronando de lágrimas el papel, hasta que los ojos se secan y empiezas a ver. Y retomas tu caligrafía de letra redondita y ordenada y, renglón a renglón, vas copiando cien veces, mil veces, un millón de veces: la libertad no existe.
Llega un momento en que eliges salir del bucle y desplazas tu vida a un pueblo y, dentro de tu nueva vida rural, surge un nuevo ciclo: la tradición. Lo he buscado, miré la descripción y es esta: «La tradición es un conjunto de costumbres, creencias, valores y prácticas culturales que se transmiten de generación en generación dentro de una sociedad. Actúa como un legado vivo que da sentido de identidad y pertenencia, evolucionando con el tiempo, pero manteniendo un núcleo simbólico y una base estable.»
Entonces te encuentras de cara con los vecinos, con “lo rural” y sus tradiciones: sembrar cada año, ordeñar cada mañana, sacar las gallinas, levantar el mismo muro de adobe una y otra vez para no perder la casa. Rutina, sí, pero también memoria: el ciclo de las estaciones, la vida que vuelve con las lluvias, la siega y la trilla que repiten lo aprendido por los abuelos. Tradición: de la boca al oído, que no se pierda, que perdure, de padres a hijos, de generación en generación, aunque digan que ya no tiene sentido. Tradición; arraigo, tierra, vecindad, ayuda, humanidad, sentimiento de individuo, ser tú mismo; así que te preguntas ¿Quieres ser tú mismo? ¿Interesa que seamos nosotros, que seamos individuos? No, lo que interesa es que seamos ellos, que seamos los otros. Porque si eres tú, un día puedes cambiar tu camino, conocer nueva gente, apagar el despertador, escribir tu discurso, cantar tu propia canción, cultivar tu comida, abrazar la tierra, alejarte de la ciudad, repoblar el campo. Tal vez puedas intentar copiar cien veces tus propias frases, aunque sea igualmente un castigo que te impongas y tengas que repetirlo una y otra vez hasta que aprendas a vivir.