La continuación de un ritual
Palos de Ciego Nº6 -Junio/2026- Mirva Valdeburón

Era de mañana, Deva y yo salimos a pasear, sin rumbo fijo, sin un plan, sin pretensión alguna, simplemente nos dejamos llevar. Deva eligió el camino, yo lo acepté, nos dirigimos al sotobosque, el aire huele muy bien. Ningún olor predomina en este momento, el rocío que comienza a evaporarse desprende un frescor parecido a la menta. El tomillo no ha florecido todavía, pero Deva se acerca a olfatear y yo predigo que en unos días estará a punto, listo para recolectar. Observo atentamente las matas, admiro su evolución prodigiosa, vendré a por unos matojos, un poquitín para cocinar, el resto para infusionar.
Recuerdo al abuelo mirándonos con sus ojos claros y brillantes como la escarcha, presto a poner el agua a hervir y moviéndose entre sus tarros, él siempre sabía lo que había que hacer: infusión de tomillo y poleo para los catarros, para expectorar, para el dolor de garganta y para la tos. También vale para el dolor de tripa y la indigestión, pero en este caso añadimos una pizca de té de peña o milenrama, lo que tenga más a mano.
Para recoger el té de peña tendremos que esperar y ascender hasta los altos. También podemos ir hasta el valle de Nuestra Señora, bajo el reinado de Pico Moro. Allí no hay prácticamente contaminación, apenas llega el todoterreno de algún ganadero y en las cumbres el té crece indómito, salvaje, dorado, permanece erguido, a la espera de que alguien le dé una segunda vida, lo recoja, lo seque, lo guarde en botes de cristal que año tras año se llenan de flores, lejos de la luz que le insufló vida en su momento y que ahora en su ausencia preserva su poder.
Deva salta como si danzara presa de un ritual atávico, los nuevos olores que desprende la primavera le resultan desconocidos y sorprendentes, me mira un segundo, corre alegre, saltarina y agradece el momento como si de una recompensa se tratase.
Estamos llegando al hayedo que en esta época del año deja atrás la tristeza del invierno y comienza a transformarse en un lugar mágico, con ramas que aletean en busca del sol y difuminan los rayos, iluminando de verdes y azules el bosque, creando una sensación de irrealidad iridiscente.
A principios de abril recogimos el diente de león, los prados estaban salpicados de amarillo como alfombras turcas que da pena pisar. Del diente de león se aprovecha todo, decía el abuelo, la hoja en ensalada, la raíz y las hojas en infusión. Te limpia el hígado y los riñones, es antiinflamatoria y las flores curan el acné, desinflaman y nutren la piel. Nosotros solo cogimos las flores para hacer un oleato.
Deva husmea divertida mientras juguetea con la hojarasca, me trae regalos cada poco y palitos para jugar. También reclama su ración de caricias, me siento en un pedrusco, la abrazo y nos dejamos llevar como cuando caminamos sin rumbo. Miro alrededor y siento que no reconozco el camino, no estoy preocupada, sé que Deva encontrará la salida del bosque, también podemos orientarnos siguiendo la espadaña que permanece de puntillas deseando besar el cielo.
Para San Juan recogemos el hipérico, pericón decía el abuelo, cortamos los ramilletes y los ponemos a secar en los varales de la hornera. Con las flores hacemos un oleato, seguimos las instrucciones antiguas, las costumbres de la casa de los abuelos. Sumergimos las flores en aceite y las dejamos cuarenta días en penumbra, cultivamos la paciencia, respetamos los tiempos, trabajamos con mimo, nos mantenemos a la espera, observamos. Colocamos los tarros en los estantes y, a diario, nos ocupamos de ellos: sentimos su fuerza, los volteamos para contemplar los cambios de tonalidad y aguardamos.
La hermana del abuelo, la tía Ramona, tiene su propio método, deja los tarros a la intemperie, cuarenta días al sol y cuarenta noches a la luz de la luna, otra manera distinta de hacer el mismo remedio. Siempre se miraron de reojo, siempre se midieron, una misma sabiduría con dos expresiones distintas.
Deva encontró la senda de vuelta al pueblo, ahora atravesamos un pequeño pinar, las piñas se convierten en juguetes improvisados, el aire huele a resina, en el suelo apenas asoma el brezo y descendemos empapándonos de sol y de vida.
Unos días después de recoger el pericón iremos a por árnica, seguiremos el mismo proceso antiguo de secado y macerado, filtrado, envasado y etiquetado, como en una antigua botica. Descansarán pacientes los tarros hasta que se conviertan en ungüentos, cremas, pócimas y demás remedios.
En casa plantamos espliego, romero, salvia, menta y la planta del yodo; nos gusta tenerlas cerca, nos recuerdan al abuelo, sus conocimientos, su necesidad de aliviar, su paciencia y su buena mano para remediar las dolencias.
Con los potingues listos, nos vamos unos días al Cantábrico, paseo por la playa con Deva, el salitre nos despeja la nariz, respiramos profundo el mar entero y hundimos los pies en el agua sintiendo algo parecido a las cosquillas.
A veces pienso que aquí podía ser feliz, pero sé que no es cierto porque tengo inoculado el veneno de la helada, el azul radiante del cielo incrustado en las pestañas y el olor a bosque hibernando en el fondo de la garganta.