Viene de lejos
Palos de Ciego Nº7 -Julio/2026- Ignacio Chavarría

Mauricio, que no es nadie y somos todos, descansa sentado en el banco pegado al muro de su casa. El banco, de buen roble, lo construyó su bisabuelo y ha sustentado las posaderas de todos los Mauricios de la familia desde entonces. El banco y Mauricio aprovechan la sombra de un castaño que lleva allí desde que se construyó la casa; cierra la primavera y se acerca el verano, y si no madrugas, ya no puedes salir a caminar porque el sol te calienta la nuca, así que Mauricio pasa la mañana a la sombra de su castaño, sentado en su banco de roble y apoyado en su gastado bastón, mirando el tiempo pasar.
Hoy, como cada mañana, a Mauricio se le agria el desayuno viendo, en la casa de enfrente, a María, que, como Mauricio no es nadie y somos todas, tiende la ropa blanca de la colada en una cuerda gastada. María canta bajito una tonada antigua, siempre la misma, y esa canción irrita sobremanera a Mauricio; no la tonada en sí, al hombre le irrita la simple presencia de María: si canta, porque canta; si sale, porque sale; si entra, porque entra; si anda, porque anda; si vive, por eso, por vivir. No hablan, nunca hablan, ni un buenos días ni un buenas tardes, ni un Mu siquiera.
Por su parte, María también aprieta los dientes de rabia viendo a su vecino, día tras día, sentado en su banco, enfrente de su casa, sin hacer más que estar ahí mirándola con odio.
Ni María ni Mauricio saben el porqué de ese rencor, no recuerdan el momento ni el motivo, ni lo recuerdan ellos ni lo recuerda el banco de roble, ni lo recuerda el viejo castaño. Sin embargo, cada mañana lo alimentan y cada noche, cuando se recogen en sus casas, lo guardan con cuidado para que al día siguiente continúe intacto, porque un buen rencor hay que cuidarlo.
Sucedió un día que María salió con su colada oliendo a jabón y lavanda y su tonada en los labios, cantando bajito, pero no tanto como para que no lo pudiera escuchar Mauricio, y se sorprendió de no verlo sentado en su banco, enfurruñado como siempre. «Habrá ido a la ciudad», se dijo, y continuó con su trabajo, aunque un tanto intranquila porque se percató de que las gallinas de su vecino seguían encerradas. Tampoco por la tarde estaba Mauricio sentado en su banco, y eso que hacía buena tarde. Ya anochecía cuando María se asomó a su ventana y vio que no había luz en la casa de enfrente. «A ver si al viejo le ha dado un telele», se dijo, ya que María vivía sola y era muy dada a hablar consigo misma. Así que se calzó los zuecos y cruzó la calle.
María no recordaba haber cruzado nunca la verja de Mauricio; se detuvo un momento en la puerta dudando. No se veía movimiento ni ruido alguno. Respiró profundo y cruzó la verja; la puerta estaba abierta, lo normal en todas las casas del pueblo. Dio un par de gritos; sin respuesta. La casa era pequeña: un salón, baño y cocina abajo. La económica está apagada a pesar de que refrescaba. Las escaleras de madera vieja gruñen al pisarlas; aun así, María da un par de voces más avisando. Entonces oye, muy débil, como el maullido de un gatito, un quejido lastimero en el piso de arriba. Se apresura a subir los tres escalones que le quedan y entra en la primera habitación. Allí, tirado en el suelo, está Mauricio; tiene la voz rota de tanto gritar pidiendo ayuda, y debe tener roto algo más porque no puede levantarse. María le ayuda a incorporarse y le cubre con la colcha de la cama. ―Ahora vengo, voy a por el móvil―. Al rato está de vuelta y ya ha avisado. Se sienta al lado de Mauricio, que tiembla desencajado; le toma la mano, sus ojos se cruzan en un momento incómodo, pero lleno de agradecimiento y de vecindad. Suenan abajo más vecinos que acuden y llega la ambulancia.
Ha pasado el tiempo y Mauricio ocupa de nuevo su banco de roble y María canta bajito, pero no tanto, mientras tiende la ropa. En medio de la calle, la vieja enemistad mantiene las casas separadas; a Mauricio se le agria el desayuno y María aprieta los dientes; pero una cosa es disfrutar de las rencillas y otra muy distinta no velar por el vecino de enfrente.